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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro V

 

Capítulo 1, 1-23

Habiendo entrado Darío en Media, se apodera Alejandro de Arbela y de Babilonia, cuya grandeza, situación y viciosas costumbres de sus habitadores se describen.

(1) Si hubiese de referir según el orden del tiempo todos los sucesos que acaecieron en este intermedio, así en Grecia como en Iliria y en Tracia, debajo de los auspicios y por las órdenes de Alejandro, sería preciso interrumpir el hilo de los de Asia; y así, para evitarlo, (2) he tenido por mejor continuarlos hasta el fin y muerte de Darío, sin omitir alguno, para que se reconozcan en la historia con la misma serie que se ejecutaron; a cuyo fin empezaré por las consecuencias y resultas de la batalla.

(3) Llegó Darío mediada la noche a Arbela, donde la fortuna había llevado gran parte de sus tropas y de sus capitanes; (4) y habiéndolos juntado, les dijo: "Que no dudaba pasaría Alejandro a apoderarse de las mejores ciudades y de aquellas hermosas y fértiles campañas, ni tampoco que él y sus soldados, más atentos al robo y a la presa que se les ofrecía por todas partes (5) (único recurso en que libraban ellos en su infelicidad su remedio) que a otro designio les darían tiempo de asegurar retirada y de ocupar los desiertos con un campo volante; que las últimas provincias de su reino se hallaban enteras y (6) podría fácilmente volver a alistar en ellas un nuevo ejército; que aquella codiciosísima nación iba a apoderarse de sus tesoros y a saciar su continuada sed en el oro que esperaba recuperar después; que la experiencia le había enseñado de cuan molesto gravamen y carga era aquel ostentoso aparato y copioso número de eunucos y concubinas, y que hallándose precisado Alejandro a llevarle, no podía dejar de pelear con inferiores ventajas a las que hasta entonces había tenido para quedar vencedor."

(7) Pareció a todos este razonamiento de gran desesperación y que dejando expuesta al poder del enemigo la riquísima ciudad de Babilonia, apoderado de ella le sería fácil hacerse dueño de la de Susa y de las más principales del Imperio, como premio de sus fatigas y principal asunto de sus empresas; (8) pero continuando en él, les manifestó que en las grandes calamidades no debía detenerse la consideración a la aparente ostentación de las cosas, sino a la solidez y urgencia de ellas; que las batallas se adquirían por medio del hierro y no por el del oro, a fuerza de hombres y no de edificios; que todo se rendía a los que se hallaban con las armas en la mano, y que con ellas recuperaron sus predecesores, después de bien infelices principios, sus pérdidas, restableciéndose a su antigua grandeza. (9) Con cuyas razones, o fortalecidos sus ánimos o precisados de su obediencia antes que de ellas, entraron en su compañía por los confines de Media.

(10) Rindió pocos días después Alejandro a Arbela, en cuya ciudad halló gran cantidad de muebles de la corona, ricas y preciosas alhajas, con cuatro mil talentos y todas las riquezas del ejército, que (como queda dicho) se habían juntado allí; (11) si bien, precisándole a desalojar a toda diligencia de ella el suyo la peste, que empezaba a picar, ocasionada de la infección de los cuerpos muertos de que estaba cubierto todo el campo, tomó su marcha por aquellas llanuras, dejando a mano derecha la Arabia, región feliz por los perfumes y gomas odoríferas que produce. (12) Refiérese que es tan grande la fertilidad de aquellas tierras, que se contienen entre el Tigris y el Eúfrates, que no permite apacienten en ella los ganados sin riesgo de que los ahogue la demasiada gordura que les causa su abundancia, la cual procede de la humedad que participan a aquel territorio las avenidas de ambos ríos. (13) Tienen su nacimiento en los montes de Armenia, desde donde tomando su curso disiden sus aguas el uno del otro, aumentando a proporción de él su separación, la cual en donde más es de dos mil quinientos estadios, según aseguran los que la han medido, (14) si bien, entrando en las tierras de los medos y gordieos, se vuelven poco a poco a unir más en proporción siempre de lo que se alejan.

(15) Donde más llegan a estrecharse es en Mesopotamia, llamada así porque la cierran de ambas partes; desde la cual, (16) corriendo por las tierras de Babilonia, se dilatan hasta descargar en el mar Rojo. Llegó el rey en cuatro días a la ciudad de Menfis, donde se ofrece en una caverna aquella fuente, a quien ha hecho tan célebre el betún que de ella emana en tan gran abundancia, que se tiene por cierto se labraron con él los muros de Babilonia, una de las maravillas del mundo. (17) Luego que el rey tomó el camino de aquella ciudad, salió con sus hijos a entregársela y ofrecérsela Mazeo, el cual se había retirado a ella después de la batalla de Arbela; cuya rendición celebró Alejandro con gran gusto, así por el gravoso y dilatado sitio, de que se excusaba y era preciso para apoderarse de plaza de tan gran consecuencia y tan abastecida de todo lo necesario a una larga resistencia, (18) como porque se la entregase persona de su gran posición y valor bien acreditado en las ilustres acciones que obró en aquella última batalla, y cuyo ejemplo esperaba siguiesen otros muchos. Admitiólos con singulares demostraciones de gratitud, si bien no quiso dejar de entrar en la ciudad, como pudiera a declarado combate, en forma de batalla (19) y marchando al frente de su ejército. Coronaba infinita multitud de gente los muros de aquella ciudad, en medio de haber salido la mayor parte de sus habitadores a recibirle, impacientes ya de que se les dilatase el ver a su nuevo príncipe, (20) entre cuya muchedumbre, Bagófanes, gobernador de la fortaleza y guarda del tesoro, deseoso de mostrarse no menos afecto que Mazeo, hizo sembrar los caminos de flores y levantar por ambas partes altares de plata, que respiraban, además del incienso, (21) todo género de olores.

Llevaba los presentes que había de dar al rey, que se componían de pieles de animales, de gran cantidad de caballos, leones y leopardos en sus jaulas. (22) Seguíanle después los magos entonando himnos a su usanza; y a éstos los caldeos y con ellos los adivinos y los músicos de Babilonia, tocando todos diversos instrumentos. Acostumbran éstos cantar las alabanzas del rey, así como los caldeos observar el movimiento de los astros (23) y las regulares mudanzas del tiempo. Iba a lo último la caballería babilónica, con tan ostentoso aparato que excedía a la mayor magnificencia. Hizo el rey que siguiese el pueblo a su infantería, y rodeado de sus guardas entró sobre un carro en la ciudad y después en palacio en forma de triunfo, donde al día siguiente mandó manifestar los muebles y la plata de Darío.


 
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