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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro IX

 

Capítulo 1

Pasa Alejandro a la India después de haber vencido a Poro y reducido a su obediencia muchos pueblos y ciudades, cuyas costumbres y estilos se describen.

(1) Gustoso Alejandro de tan memorable victoria, la cual le abría el paso al Oriente, hechos sacrificios al sol, colmó de elogios y de esperanzas a sus soldados para animarlos a la continuación de la guerra. Decíales que todas las fuerzas de los indios habían quedado postradas con sólo un golpe, que lo que les restaba no era más que un continuado botín y un almacén de riquezas,(2)  que iban a aquellas famosas regiones adonde reinaba la opulencia y crecían los tesoros, respecto a quienes no estimarían despojos los persas y que acumularían tanto oro, marfil y piedras preciosas, que no sólo llenarían de ellas sus casas, sino también  Macedonia y Grecia.

(3) Estimulados los soldados en la codicia y la gloria, y asegurados de las promesas del rey, las cuales habían visto cumplidas siempre, se ofrecieron animosos a seguirle. Habiéndolos despedido, hizo aprestar una armada para pasar al Océano y dilatarse por los términos del mundo, después de haber corrido toda el Asia. (4) Había en las montañas vecinas gran cantidad de madera para la fábrica de los bajeles, pero habiéndola empezado a cortar, se encontraban con serpientes de prodigiosa grandeza y con rinocerontes (5) muy raros en el mundo,  a quienes los naturales de la tierra llaman con otro nombre que este, el cual les pusieron los griegos. (6) El rey, después de haber edificado dos ciudades en ambas riberas del río que había pasado, dio a cada uno de los cabos de su ejército una corona de oro y mil escudos, honrando también a los demás según sus grados y méritos.

(7) Abisares, que poco antes había enviado embajada a Alejandro, volvió a hacerlo nuevamente para asegurarle estaba pronto a ejecutar cuanto le ordenase, como no fuese el que le entregase su persona, porque no pudiendo vivir sin reinar, tampoco reinaría siendo cautivo. (8) Respondióle Alejandro "que si le parecía tan áspero ir a él, que él le buscaría". Y habiendo pasado desde allí el río con Poro, entró en lo más interior de la India, (9) donde halló bosques de casi infinita extensión, poblados de espesísimos árboles de desmesurado tamaño, (10) cuyas ramas por la mayor parte eran como troncos, que redoblándose hasta la tierra volvían a levantarse tan derechas que no parecían ramas, sino nuevos árboles que nacían con propias raíces. (11) Es allí el aire muy sano, así por la frescura de los bosques, la cual templa el ardor del sol, como por la abundancia de agua que baña el territorio, (12) aunque muy inficionado éste de serpientes, cuyas escamas resplandecen como el oro, y cuya mordedura era tan sumamente venenosa que los que la padecían morían al punto, hasta que los naturales hallaron remedio para ello. (13) Marchó después por desiertos hacia el río Hiarotis, contiguo a un umbroso bosque lleno de pavos salvajes y de árboles no conocidos.

(14) Desde allí pasó a apoderarse de una ciudad que estaba enfrente, y habiéndola impuesto tributo, se encaminó a otra muy grande, como lo son casi todas las de aquellas regiones, cercada de buenos muros y de una laguna. (15) Saliéronle al encuentro los bárbaros sobre carros unidos unos con otros: llevaban hachas unos, saetas otros y los demás lanzas, y saltando de unos carros a otros se socorrían entre sí. (16) Atemorizó al principio aquel género de combate a los macedones, sintiéndose heridos y sin poderse juntar, pero despreciando después tan mal ordenada tropa, embistieron con tan grande ímpetu los carros (17) (mandando el rey cortar las sogas con que iban atados, para que pudiesen hacerlo más cómodamente) que habiendo perdido ocho mil de los suyos los enemigos, se retiraron a la ciudad. (18) Plantáronse el día siguiente las escalas alrededor de las murallas, y habiéndola dado el asalto se apoderaron de ella. Fueron pocos los que debieron a su demasiada presteza el salvar la vida pasando a nado la laguna, los cuales ponían en gran terror a las ciudades inmediatas, publicando que iba a sus tierras un ejército de los dioses, imposible de que le venciesen los hombres.

(19) Habiendo mandado Alejandro a Perdicas que devastase aquella región con una parte de sus tropas y dado algunas a Eumenes para que redujese a los bárbaros, pasó con las restantes contra una ciudad adonde se habían retirado los moradores de otras. (20) Enviaron los sitiados diputados al rey para que tratase de ajuste, no dejando por esto de disponerse a su defensa respecto de la división que había entre el pueblo, donde decían unos que no podían hacer nada peor que rendirse, y otros que de ninguna suerte quedaban seguros sino haciéndolo; (21) en cuya contestación, los más advertidos le abrieron las puertas. (22) Y si bien pudo Alejandro irritarse contra los que resolvieron oponérsele, los perdonó a todos, y recibidos rehenes marchó a la ciudad más inmediata. (23) Iban éstos delante del ejército; y conociéndolos los sitiados desde los muros, pidieron que se abocasen con ellos; y habiéndolo hecho éstos e informádolos de la clemencia y fuerzas de Alejandro, se rindieron a su obediencia con otras muchas ciudades.

(24) Entró después en el reino de Sofites, cuyo pueblo, si creemos a los bárbaros, es muy sabio: gobiérnase con buenas leyes y vive con loables costumbres. (25) No se crían ni se educan allí los hijos conforme a la voluntad de los padres ni de las madres, sino conforme a la de ciertas personas destinadas para ello, las cuales toman a su cuidado la formación y constituciones de sus cuerpos, en quienes si reconocen algún notable defecto les dan muerte. (26) No atienden cuando se casan a la calidad de las familias ni al caudal, sino sólo a la hermosura de las mujeres, la cual hace estimables también a los hijos.

(27) Habíase encerrado aquel rey en la capital de su reino, a la que tenía bloqueada Alejandro. Hallándose dudosos los macedones en si la habrían abandonado los habitadores o si se ocultaban para usar de alguna estratagema, respecto de no aparecer ni en los muros ni en las torres persona alguna a su defensa; (28) pero abriendo repentinamente las puertas, salió el rey indio con dos hijos suyos, ya crecidos, y se encaminó en busca de Alejandro. Excedía en la estatura y buena disposición a todos los demás bárbaros, (29) y llevaba una ropa de púrpura y oro que le llegaba a los pies, con sandalias de oro cubiertas de pedrería, brazaletes de perlas en los brazos, collares en los hombros (30) y pendientes de las orejas dos perlas de inestimable valor. El cetro era de oro guarnecido de piedras preciosas, el cual dio a Alejandro, ofreciendo su persona, la de sus hijos y su pueblo a su obediencia, y haciendo infinitos votos por su salud y por el acrecentamiento de su imperio.

(31) Hay en aquella región una casta de perros admirables para la caza. Refiérese de ellos que tienen gran antipatía con los leones, y que luego que ven las fieras dejan de ladrar. (32) Deseando, pues, que el rey viese la fuerza y coraje de aquellos animales, hizo Sofites soltar un león de extraordinaria grandeza y dejar con él sólo cuatro perros, que inmediatamente se arrojaron sobre él. Tirando el montero a uno que como los otros había hecho presa del muslo y haciendo fuerza por separarle y no pudiendo conseguir que la soltase, le cortó una pierna. (33) Pero no habiendo bastado esto a vencer su obstinación, le cortó otra, y viéndole tan encarnizado que no podía rendirle a que se deshiciese, pasó a hacerle lentamente pequeños pedazos, y sin embargo se dejó matar, manteniendo siempre firmes los dientes en la fiera: tan grande ardor concedió la naturaleza a aquellos animales para la caza.

(34) Confieso que refiero más de lo que creo, pero como no me obligo a asegurar lo que dudo, tampoco excuso repetir lo que he sabido. (35) Habiendo, pues, dejado a Sofites en su reino, pasó hacia el río Hipasis, donde vino a juntársele Hefestión, que había conquistado otra región. (36) Fegeo, rey de aquélla, noticioso de la jornada de Alejandro a ella, ordenó a sus vasallos que atendiesen, según su costumbre, a labrar sus tierras, mientras salía a recibir a Alejandro con presentes y asegurarle de su obediencia.


 
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Contenido
Libro IX

 Capítulo 1
 Capítulo 2
 Capítulo 3
 Capítulo 4
 Capítulo 5
 Capítulo 6
 Capítulo 7
 Capítulo 8
 Capítulo 9
 Capítulo 10