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Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro IV

 

Capítulo 1, 1-18

Responde Alejandro con real magnanimidad a las orgullosas cartas de Darío. Da el reino de los sidonios a Abdalónimo, descendiente de reyes, y aunque sumamente pobre, de magnánimo corazón. Muerte de Amintas, que había dejado el partido de Alejandro, a manos de los persas, y de muchos capitanes de Darío, en muchos lugares, a las de los macedones.

(1) Darío, que poco antes se había visto con un ejército tan numeroso y florido, habiendo salido a la batalla elevado en un carro, más en apariencia de triunfo que en disposición de combate, huía por aquellas campañas que antes estaban cubiertas de infinito número de sus tropas, y entonces ya desiertas y solas. Caminó a bien acelerado paso aquel infeliz príncipe toda la noche (2) con cortísimo acompañamiento, respecto de no haber tomado todos el mismo rumbo, y de no poderlo hacer los que le seguían, por la frecuencia con que remudaba caballos. (3) Llegó, en fin, a Oncas, donde fue recibido de cuatro mil griegos, con quienes se encaminó hacia el Eúfrates, creyendo que sólo tendría por suyo lo que con la presteza ocupase primero. (4) En el ínterin, habiendo hecho Parmenión entrar todo el botín en Damasco, tuvo orden del rey para que se entregase de él y pusiese en custodia a los prisioneros, y noticia de haberle hecho merced del gobierno de la llamada Celesiria.
(5) No bien reducidos los sirios en medio de tantas rotas, llevaban con sumo desabrimiento el yugo de aquella nueva servidumbre; pero escarmentados del castigo que se hizo en ellos, se contuvieron en su deber. Rindióse también la isla de Árado; (6) y si bien Estratón, rey entonces, conservaba aún las ciudades marítimas y otros muchos lugares distantes del mar, los entregó después a Alejandro; el cual habiéndole admitido debajo de su fe, (7) marchó hacia la ciudad de Máratos.

Recibió en ella una carta de Darío, escrita con tan soberbios términos, que quedó bien ofendido de ellos; pero aún más de que usando en ella del título de rey no se le pusiese. (8) Decíale, más con imperios de quien manda, que con sumisiones de quien pide: "Que le restituyese a su madre, a su mujer y a sus hijos, por cuyo rescate le entregaría cuanto dinero bastase a satisfacer a toda Macedonia; y que por lo que miraba al reino le disputarían, si gustase, cuerpo a cuerpo en igual combate. (9) Pero que si se hallaba aún capaz de admitir consejo, le persuadía se contentase con el de sus antecesores, sin insultar ajenos dominios, (10) en cuyo caso admitiría por lo venidero su amistad y alianza, la cual conservaría con inviolable fe."

Respondióle Alejandro en estos términos: "El rey Alejandro a Darío: Darío, rey antiguo de Persia, y cuyo nombre tomasteis, derrotó en su tiempo a los griegos que habitaban las riberas del Helesponto y arruinó con todo género de hostilidades a los jonios, antiguas colonias nuestras, y habiendo pasado el mar con un poderoso ejército, introdujo la guerra en lo más interior (11) de la Macedonia y de la Grecia. A cuyo ejemplo pasó después de él Jerjes con espantosa multitud de bárbaros a presentarnos la guerra; y habiendo quedado vencido en una batalla naval y precisado a retirarse, como lo hizo, dejó a Mardonio en Grecia (12) para que saquease nuestras ciudades y desolase nuestras campañas. Y ¿quién ignora que Filipo, mi padre, fue asesinado por los que sobornaron con largas promesas los vuestros? Porque los persas emprenden guerras impías, y hallándose con las armas en la mano, en vez de esgrimirlas con generoso espíritu contra los enemigos venciéndolos con ellas, procuran comprar sus vidas al precio que por ellas imponen, como se ha visto en vos mismo, que sin embargo de hallaros con tan poderoso ejército, habéis ofrecido a un asesino mil talentos por mi muerte. (13) Con que no siendo yo quien hace la guerra, sino quien sólo se defiende, y la justificación de los dioses quien mira por la causa a quien asiste ésta, han favorecido mis armas, concediéndome el que haya reducido gran parte de Asia a mi obediencia y que os haya roto y vencido enteramente en tan cumplida batalla. Y si bien no debía concederos nada de cuanto me pedís, por haber faltado a todas las razones de una buena guerra, os doy palabra de que si venís de la manera a que está obligado quien pide, (14) os entregaré sin rescate alguno a vuestra madre, a vuestra mujer y a vuestros hijos, para que conozcáis que así como sé vencer, también obligar a los vencidos. Y si acaso receláis poneros en mis manos, os concederé salvoconducto para que lo podáis hacer seguramente. Pero no puedo dejar de advertiros que cuando me escribáis otra vez, os acordéis de que escribís a un rey, y rey vuestro."

Despachó con esta carta a Tersipo, (15) y tomó él la vuelta de Fenicia, donde habiendo admitido a su obediencia la ciudad de Biblos, pasó después a la de Sidón, (16) célebre por su antigüedad y por la fama de sus fundadores. Habiéndose rendido al rey Estratón, más que de voluntad suya, precisado de las amenazas de sus habitadores, respecto de seguir el partido de Darío, quedó privado del reino, el cual, confiriéndole Hefestión, por el permiso que tenía del rey para hacerla al más digno de los sidonios, (18) a dos esclarecidos jóvenes hermanos en cuya casa posaba, se excusaron de admitirle, dando por razón no podían condescender a ello sin contravenir a las leyes de aquel reino, las cuales ordenaban que ninguno pudiese ocupar el trono que no fuese de la real sangre.

Admirado Hefestión de aquella heroica moderación con que despreciaban lo que con tan crecido anhelo procuran los demás hombres por medio del hierro y del fuego, exclamó en altas voces: "¡Oh generosas almas! ¡Oh magnánimos corazones! Vosotros sois los primeros que con loable desengaño habéis conocido cuánto más glorioso es rehusar un reino que poseerle. Dadme, empero, alguno de la estirpe real, en quien viva siempre presente, cuando se halle colocado en el trono, la memoria de que os deba la corona que le ciñeréis."


 
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