Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica


Universidad de Murcia
Historia de Alejandro Magno - Libro III

 

No se conservan los libros I y II

Capítulo 1

Apodérase Alejandro de la ciudad y fortaleza de Celenas. Entra en la capital de Frigia, donde habiendo cortado el nudo gordiano, resuelve pasar en busca de Darío.

(1) Habiendo en tanto despachado Alejandro al Peloponeso a Cleandro con porción de dinero por que hiciese levas de gente, y dado las órdenes convenientes para las disposiciones de Licia y de Panfilia, partió a acampar delante de los muros de Celenas, (2) por medio de cuya ciudad pasaba en aquel tiempo el río Marsias, a quien hicieron célebre las fabulosas ficciones de los griegos. (3) Deduce su origen de la elevada cumbre de un monte, desde donde descendiendo con ruidoso ímpetu a una roca, dilata por lo llano sus purísimas aguas, regando con ellas los campos cercanos y conservándolas siempre sin mezcla de otras.(4) Su color, semejante al del mar cuando se ofrece en serenidad, dio ocasión a los poetas para fingir que las ninfas enamoradas (5) del río hacían su morada en aquella roca. Conserva su nombre mientras corre dentro de los muros; pero luego que sale de las fortificaciones, aumentadas sus ondas y su impetuoso raudal, le muda en el de Lyco.

(6) Habiendo abandonado sus habitadores la ciudad, entró en ella el rey, de donde pasó a acometer la fortaleza a que se habían retirado, enviando delante un heraldo para que les notificase se rindiesen, y que de no hacerlo (7) no esperasen gracia alguna. Pusieron los sitiados al heraldo sobre una torre de crecida magnitud, y habiendo hecho que reconociese su altura le encargaron dijese a Alejandro no había llegado a conocer lo que era aquella fortaleza como ellos, que sabiendo cuan impenetrable era, (8) estaban resueltos a exponerse a todo lance y a perecer antes que faltar a la constante fidelidad que debían a su dueño. Pero viéndose acometidos y que la necesidad los estrechaba cada día más, pidieron tregua de sesenta días, ofreciendo rendirse si cumplidos éstos no les había llegado socorro, como lo ejecutaron el día señalado por haberles faltado.

(9) Llegaron después embajadores de Atenas pidiendo les concediese los ciudadanos que les hicieron prisioneros en la jornada de Gránico. A lo que respondió que despacharía no sólo éstos sino también a sus ciudades a los demás griegos (10) luego que pusiese fin a la guerra de Persia. Deseaba con impaciencia acercarse a Darío, y teniendo noticia de que aún no había pasado el Eúfrates, juntó sus tropas con resolución de hacer la guerra con todas sus fuerzas, sin exceptuar ninguna de empresa tan peligrosa, (11) y dispuso su marcha por Frigia, cuyas poblaciones se componen más de villas que de ciudades (12) y cuya capital es Gordio, antigua y famosa corte del rey Midas, situada sobre la ribera del río Sangario, a igual distancia (13) del mar Póntico que del de Cilicia. Créese es este el más angosto paraje de toda el Asia, en el cual estrechando ambos mares por una y otra parte, la tierra queda a manera de puente, uniendo con la tierra Arme esta provincia, a quien circundándola casi enteramente las aguas la dejan en forma de isla, sin que se ofrezca entre los dos mares más que esta corta porción de tierra que los divida.

(14) Habiéndose apoderado el rey de la ciudad, entró en el templo de Júpiter, donde vio el carro de Gordio, padre de Midas, (15) el cual sólo se diferenciaba de los demás en la singularidad del yugo, cuyas ligaduras se componían de repetidos nudos, tan mezclados y unidos entre sí (16) los unos con los otros, que no se les podían descubrir los cabos. Supo de los habitadores que estaba prometido por anuncio del oráculo el imperio del Asia a quien acertase a desatar aquella inexplicable unión. Con cuya noticia, (17) inflamado Alejandro del deseo de que se cumpliese en él la predicción, se aplicó a procurarlo. Hallábanse presentes muchos frigios y macedones, tan temerosos los unos de que le desatase como cuidadosos los otros del peligro a que se exponía si no lo consiguiese, cuyo recelo aumentaba en éstos la impenetrable dificultad que ofrecía el industrioso artificio de los nudos, en quienes no se podía descubrir ni el principio ni el fin de ellos. Con todo, hallándose ya empeñado el rey en aquel intento, y teniendo por infausto presagio no lograrle, (18) habiendo hecho algunos esfuerzos inútiles, poco importa (dijo) el modo de desatarle. Y cortando de una cuchillada todas las correas, o burló la predicción del oráculo o la cumplió.

(19) Resuelto, pues, a dar la batalla a Darío en cualquiera parte donde le hallase, y deseando asegurar las plazas que dejaba atrás, dio a Anfótero el gobierno de la armada que estaba a la parte del Helesponto y a Hegéloco el mando de las demás tropas, con orden de echar las guarniciones enemigas de Lesbos, de Quíos y de Cos, (20) para cuyos gastos les libró 500 talentos, e igual cantidad a Antípatro y a los que había dejado en defensa de las ciudades de Grecia; y ordenó a los aliados que en cumplimiento de los tratados contribuyesen con cierto número de bajeles (21) para la seguridad del Helesponto. No tenía aún noticia de la muerte de Memnón, cuyo capitán era entre todos los de Darío quien únicamente le daba cuidado, por conocer no podían hacerle oposición los demás faltando él. (22) Había llegado ya hasta la ciudad de Ancira, donde habiendo hecho la reseña de su ejército entró en Paflagonia, frontera de los hénetos, y de quienes, según el sentir de algunos, traen los venecianos su origen; (23) cuya región, habiéndole dado la obediencia, y en seguridad de ella rehenes, logró quedar exenta de tributos como lo estuvo en tiempo de los persas. (24) Puso en ella a Calas por gobernador, y llevando consigo los reclutas que acababan de llegar de Macedonia, se encaminó a Capadocia.


 
Volver
Inicios | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter

Fundación Séneca Universidad de Murcia Campus Mare Nostrum

Copyright © 2006 - 2019 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
 
 
Contenido