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Guerra del Peloponeso - Libro III

 

Sabiendo los de la ciudad la manera de guardarlas, espiáronlos una noche que llovía y hacía gran viento y no había luna, y, llevando por caudillos a los mismos que fueron inventores de este hecho, pasaron primeramente el foso, que estaba de su parte, y llegaron al pie del muro sin ser sentidos por los enemigos, porque la obscuridad de la noche los guardaba de ser vistos, y el ruido del viento y de la lluvia, de ser oidos; de esta manera iban marchando adelante, apartados uno de otro para que las armas no sonasen al chocar, y todos armados a la ligera y calzado sólo el pie izquierdo para no resbalar en el barro. Arrimadas las escalas a las almenas, entre las torres, por la parte donde advirtieron que no había nadie, los que llevaban las escalas subieron los primeros, y después otros doce armados solamente de corazas y una daga en la mano. De los cuales doce, el primero y principal fue Ammeas, hijo de Corebo. Seis de los doce que iban tras él subieron hasta encima de las dos torres, entre las cuales estaban las almenas, frente adonde tenían puestas las escalas. Tras estos, doce subieron otros armados como los de arriba, y, además de estas armas, llevaban sus dardos y azagayas atados a las espaldas para que no les estorbasen subir. Algunos otros llevaban los escudos para darlos a sus compañeros cuando viniesen a las manos con los enemigos. Cuando habían subido ya muchos, las centinelas que velaban dentro de las torres, los sintieron, porque uno de los Plateenses a la subida derribó una teja de la almena y por el golpe que dió los guardas despertaron y dieron voces, y los del campo se alborotaron, de manera que todos acudieron al muro sin saber lo que ocurría por causa de la noche y del mal tiempo. Por otra parte, los que habían quedado en Platea salieron y acometieron a los enemigos, que guardaban el muro, por un camino desviado de aquel por donde habían salido los primeros, a fin de engañarles, de suerte que todos los Peloponesios, turbados, no sabiendo lo que podía ser, no se movían, y los que guardaban las torres no osaban salir, dudosos de lo que harían. Los trescientos que tenían a su cargo socorrer las guardias, encendieron hogueras hacia la parte de Tebas para anunciar la llegada de los enemigos, pero, al verlo los Plateenses que habían quedado dentro, encendieron también muchas hogueras que tenían dispuestas encima de los muros, para que los enemigos no pudiesen entender por qué se hacían aquellos fuegos, y también para que por esta vía sus compañeros se pudiesen salvar antes que llegase socorro a las guardias.


 
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Libro III

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