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Guerra del Peloponeso - Libro II

 

Muchas veces, antes de ahora, os he declarado que yerran los que temen que esta guerra será larga y peligrosa y que al fin habremos lo peor. Empero quiero al presente manifestaros una cosa que me parece no habéis jamás pensado, aunque la tenéis, que es tocante a la grandeza de vuestro imperio y señorío, de que no he querido hablar en mis anteriores razonamientos ni tampoco hablara al presente (porque me parecía en cierto modo jactancia y vanagloria), si no os viera atónitos y turbados sin motivo; y es que, a vuestro parecer, el imperio y señorío que tenéis no se extiende más que sobre vuestros aliados y confederados: yo os certifico que de dos partes, la tierra y el mar, de que los hombres se sirven, vosotros sois señores de la una, que es lo que ahora tenéis y poseéis; y, si más quisiereis, lo tendríais a vuestra voluntad. Porque no hay en el día de hoy rey ni nación alguna en la tierra que os pueda quitar ni estorbar la navegación, por cualquiera parte que quisiereis navegar, teniendo la armada que tenéis; y asimismo, entendiendo que vuestro poder no se muestra en casas ni en tierras, de que vosotros hacéis gran caso, por haberlas perdido, como si fuese cosa de gran importancia. No es justo que os pese en tanto grado que se pierdan, antes las debéis estimar como si fuese un pequeño jardín ó unas lindezas en comparación del gran poder que tenéis, de que yo hablo al presente, reflexionando que, mientras conservemos la libertad, fácilmente podéis recobrar todo esto. Si por desdicha caemos en la servidumbre de otras gentes, perderemos todo lo que teníamos y nos mostraremos ser para menos que nuestros padres y abuelos, los cuales no lo heredaron de sus antepasados, sino que por sus trabajos lo ganaron y conservaron, y después nos lo dejaron. Y mayor vergüenza es dejarnos quitar por fuerza lo que tenemos que no alcanzar lo que codiciamos. Por tanto, nos conviene ir contra nuestros enemigos no solamente con buena esperanza y confianza, sino también con certidumbre y firmeza, menospreciándolos y teniéndoles en poco. La confianza, que viene las más veces de una prosperidad no pensada antes que por prudencia, puede tenerla un hombre cobarde y necio; mas la que procede de consejo y razón para abrigar esperanza de vencer a los enemigos, como vosotros la abrigáis ahora, no solamente da ánimo para poder hacer esto, pero también para tenerlos en poco. Y aunque la fortuna y el poder fuesen iguales, la diligencia é industria que proceden de un corazón magnánimo hacen al hombre más seguro en su confianza y osadía; porque no se funda tanto en la esperanza, cuyos términos son dudosos, cuanto en el consejo y prudencia por las cosas que ve de presente.


 
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