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Universidad de Murcia
Eneida - Libro VII

 

I.

Tú, del troyano capitan nodriza

Tambien, Cayeta, a nuestras playas nombre

Impusiste muriendo, que! eterniza

Tu fama, y hace que al lugar asombre:

El sepulcro que guarda tu ceniza

En la Hesperia mayor, aquel renombre

Léjos le avisa y firme le señala,

Y con póstuma gloria te regala.

 

II.

Hechos, pues, los piadosos funerales,

Erigido de tierra un monumento,

Las altas olas contemplando iguales

Tornó Enéas al líquido elemento.

Ministras de la noche las geniales

Auras la anuncian con creciente aliento,

Y sendasalumbrando á la fortuna

Rielansobre el mar rayos de luna.

 

III. [10]

No distante de allí la costa yace

Do Circe, hija del Sol, potente mora;

Y ya de dia con sus cantos hace

Sonar sus altos bosques; ya á deshora
Su alcázar regio iluminar le place
Con el cedro oloroso que atesora,

Y ella misma tejiendo se desvela
Con el peine sonoro rica tela.

 

IV.

Allí rugen leones, que furiosos

En la noche reluchan en cadena:

Allí erizados jabalíes, y osos,

En jaula que sus ímpetus enfrena,

Se embravecen: aullidos dolorosos

Horribles lobos dan; el bosque suena:

¡Ay! ¡hombres fueron ya, monstruos ahora!

Con hierbas los mudó la encantadora.

 

V.

Neptuno que tan duro mal probasen

Los piadosos Troyanos no querria,

No, que á esas playas pérfidas tocasen;

Un viento largo á la sazon envía,

Y así concede que volando pasen

Tras el hórrido golfo. Nuevo dia

En su carro gentil la rubia Aurora

Anuncia en tanto, y horizontes dora.

 

VI. [27]

Calláronse las auras de repente,

Muda y sólida calma sobrevino;

Clavados en el mármol resistente

Bregan los remos por abrir camino.

Vido Enéas en esto un bosque ingente,

Y al Tibre, que por él al mar vecino,
Bullente en ondas, rojo con la arena,
Trae sus aguas en corriente amena.

 

VII.

Por cima allí y á par de las orillas

Cantan con dulce pico alborozadas

Y al bosque vuelan miles de avecillas
Que en la sombra recatan sus inoradas.
Holgóse Enéas, y mandó las quillas
Inclinar á las playas deseadas;

Y alegre de ocuparlas, al umbrío
Hospicio acude ya del bello rio.

 

VIII.

De los reyes del Lacio tú la lista

Tiempo es ya que presentes á mi vista,

Aun ántes que á sus playas extranjera

Nave arribase. Tú de la conquista

El origen descubre, y yoesa era

Yo esa historia marcial diré en mi canto,

¡Musa! si ya á mi voz concedes tanto.

 

IX. [41]

Guerras, hórridas guerras y legiones

He de cantar: de furia el pecho lleno,

Convertidos los reyes en leones:

Congregado el ejército tirreno:

Volando de la Hesperia los varones

A las armas: de Hesperia rojo el seno

Nuevo cuadro á mi ojos resplandece;

Crece el asunto y la osadía crece.

 

X.

Campos, ciudades florecer veia

Anciano, en paz antigua, el rey Latino:

Él de Fauno y Marica procedía,

Ninfa aquélla de origen laurentino;

Pico de Fauno padre sido habia,

Y de Pico el origen fué divino;

Tú, Saturno, su padre: por primero

Autor te aclaman del linaje entero.

 

XI.

No fué el monarca, si felice, abuelo

Ni padre de varones: muerte fiera

Quitóle en flor por voluntad del cielo

El único varon que le naciera.

Daba á Latino en su vejez consuelo,

De sus reinos opimos heredera,

Sola una hija en su estancia poderosa,

Ya en sazon llena para ser esposa.

 

XII. [54]

Del Lacio y toda Ausonia, á la doncella

Muchos pretenden. A su afecto tierno

Aspira, y bizarrísimo descuella

Turno entre todos, del blason paterno

Opulento heredero. Para ella

Le quiere esposo, y ya elegido yerno

Le ve la Reina; mas proyectos tales

Tropiezan con visiones funerales.

 

XIII.

Al raso, en medio del palacio, habia

Rico en sacro follaje un lauro anciano,

Que en años veneró la gente pia.

Es fama que Latino por su mano

En dedicarle á Febo holgóse un dia

No bien le halló, cuando en el campo llano

Echaba á sus alcázares cimiento;

Y de ahí á la ciudad nombró Laurento.

 

XIV.

Hé aquí, de este árbol á ocupar la cima,

Mil abejas bajaron de repente,

Y, por los piés trabadas, se arracima

El ruidoso tropel, y así pendiente

Quedó de un ramo.«A nuestra costa arrima

Varon extraño con armada gente»,

Cantó un augur: «de do el enjambre vino,

Vendrá la muerte del poder latino.»

 

XV. [71]

Yendo otra vez, y el genitor con ella,

En el ara á encender con mano pura

Místicas luces la real doncella,

Vióse súbita chispa que fulgura

Sobre el suelto cabello, y baja y huella,

No sin ruido, la blanca vestidura,

Y el velo regio y la diadema ardia

Opulenta del oro y pedrería.

 

XVI.

En humo envuelta y rojos resplandores,

Esparce ella despues lampos de llama

Por muros, techos. Fúnebres temores

El suceso en los ánimos derrama;

Que si aquellos prodigios superiores

 A ella prometen dizque gloria y fama,

Guerra amenazan á la Patria. En eso

Cava Latino, de terror opreso.

 

XVII.

Fauno ocurre á su mente: el Rey la planta

Mueve al gran bosque en cuyas sombras cela

Su armonioso raudal la Albúnea santa;

Mefítico vapor en torno vuela:

Que allí del tiempo venidero canta

El vatídico padre, y lo revela;

Italia, Enotria toda, allí sus pasos

Guian en tristes dudas y arduos casos.

 

XVIII. [86]

De noche el sacerdote que sus dones

Allí á ofrecer acude reverente,

Si al descanso, tendiéndose en vellones

De inmoladas ovejas, da la mente,

Ve en sueños revelarle apariciones

Peregrinas; delgadas voces siente;

Habla con Dioses, y su mudo acento

Penetra de Aqueronte el hondo asiento.

 

XIX.

Fué allí sus dudas á calmar Latino;

Y habiendo, segun rito, degollado,

En obsequio al oráculo divino,

Cien lanudas ovejas, acostado

En sus pieles dormia; cuando vino

Súbita y misteriosa voz del lado

Más secreto del bosque: «¡Prole mia!

De ajustados enlaces desconfía.

 

XX.

»Tú de una hija la mano á descendiente

Itálico no des. Foráneo yerno,

Su linaje empalmando con tu gente,

Hará nuestro renombre sempiterno.

El nacion fundará grande y potente;

Tal, que el espacio que en dominio alterno

Sobre un mar y otromar el sol rodea,

Todo á sus piés se humille y suyo sea.»

 

XXI. [102]

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y            de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta á los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

 

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga
Con que, sus ramos prolongando iguales,
Árbol excelso la campaña abriga.
Tortas de flor extienden, cereales
Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luégo acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

 

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la monda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente á los panes la redonda

Márgen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significacion entrañan honda;

Y            «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

 

XXIV. [117]

Fué esta voz primer nuncio que declara

A los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se pára

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:
«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra
La anunciada heredad, la patria nuestra!

 

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dió la clave:

«Cuando el hambre aguzando edaces dientes

»(Pegada á playa incógnita tu nave)

«Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

«Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

 

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país á explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

 

XXVII. [133]

»Hora en honor de Júpiter clemente

Bebed; á Anquises invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero á la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas á que el bosque da guaridas;

Rios sin nombre y fuentes escondidas.

 

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales,

Á Cibéles y á Júpiter de Ida;

Y á sus padres, que moran inmortales
Cielo y Erebo, en órden apellida.
Jove tres veces, en momentos tales,
Desde lo alto del cielo truena, y cuida
Mostrar en medio del fragor sonoro
Nubes de fuego y ráfagas de oro.

 

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el dia

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos á porfía,

Orgullosos dí agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y            con flores de Baco ornan los dones.

 

XXX. [148]

Con el primer albor del nuevo dia

Van, costa y lindes á explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ría

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y            ya el árbol de Palas les corona.

 

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da á sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros Marchan.

Enéas mismo allí seinstala;

Y ya con zanja humilde los linderos
De la futura poblacion señala,

Y cual ciñendo un campamento, ordena
Tender la empalizada, alzar la almena.

 

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden á los muros. A la entrada

Y en torno á la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada
Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras
Flechas, tiros ensayan y carreras.

 

XXXIII. [166]

Tomó uno de á caballo á su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oido

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que á su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;»

Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

 

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religion antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fué antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevosreyes recogian

El cetro y fasces que al poder se fian.

 

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte á gustar sacros manjares

Sentábanse en continuos cenadores.

Cada príncipe vió las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

 

XXXVI. [178]

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, áun hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino;

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran, callando, su poder divino:

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

 

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves

Quitados por valientes á las naves.

 

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí tambien se muestra;

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y sacra adarga en la siniestra:

Pico, á quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amanta cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

 

XXXIX. [192].

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y él con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «ántes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

                       

XL.

«Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega

Necesidad á nuestra costa impele

Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega?
¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele
Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

 

XXI. [102]

Latino mismo estos avisos, dados

En la callada noche, no recata;

Y            de Ausonia por campos y poblados

Ya la alígera Fama los dilata:

Ella daba la vuelta á los Estados

Del Rey, en los momentos en que ata

La juventud troyana el hueco leño

Al promontorio aquél verde y risueño.

 

XXII.

Enéas, los caudillos principales

Y Ascanio yacen en la sombra amiga
Con que, sus ramos prolongando iguales,
Árbol excelso la campaña abriga.
Tortas de flor extienden, cereales
Manteles (Jove mismo les instiga)

Que con frutas silvestres luégo acrecen,

Para encima poner viandas que cuecen.

 

XXIII.

Mas no al hambre la cena satisface;

Ojos se van y manos tras la monda

Delgada Céres que tendida yace:

Voraz diente á los panes la redonda

Márgen y abiertos cuartos roe y pace,

Que significacion entrañan honda;

Y            «¡Aun las mesas se come el hambre aguda!»

Yulo clamó, sin que al misterio aluda.

 

XXIV. [117]

Fué esta voz primer nuncio que declara

A los Teucros ventura. El padre al hijo

La palabra quitóle; mas se pára

Con asombro, un instante, y regocijo,

Y recobrado, «¡Salve, Tierra cara!»

Y «¡oh Penates de Troya, gracias!» dijo:
«Cumplióse el voto: el lance aquí me muestra
La anunciada heredad, la patria nuestra!

 

XXV.

»Ya de estos milagrosos accidentes

Mi amado genitor me dió la clave:

«Cuando el hambre aguzando edaces dientes

»(Pegada á playa incógnita tu nave)

«Haga que tras las viandas te apacientes

»De las mesas, tu voz al Cielo alabe,

«Que patria hallaste; y con alegre pecho

»Pon allí muro propio y dulce techo.»

 

XXVI.

»Hé aquí el hambre temida: de cuidados

Término justo y de cruel destino.

Animo, pues: del sueño recreados,

Con el albor primero matutino

De aquí saldremos por diversos lados

El país á explorar circunvecino:

Quiénes son de estos términos los amos;

Qué campos pueblan, qué ciudad, sepamos.

 

XXVII. [133]

»Hora en honor de Júpiter clemente

Bebed; á Anquises invocad; más vino!»

Hablaba Enéas, y la noble frente

Ceñida ostenta en ramo peregrino.

Primero á la alma Tierra, y del presente

Lugar invoca al Protector divino;

Las Ninfas á que el bosque da guaridas;

Rios sin nombre y fuentes escondidas.

 

XXVIII.

Á la Noche despues y sus fanales,

Á Cibéles y á Júpiter de Ida;

Y á sus padres, que moran inmortales
Cielo y Erebo, en órden apellida.
Jove tres veces, en momentos tales,
Desde lo alto del cielo truena, y cuida
Mostrar en medio del fragor sonoro
Nubes de fuego y ráfagas de oro.

 

XXIX.

Al Dios el pueblo atónito veia

Blandir él propio el nimbo rutilante.

Rumor que de fundar llegó ya el dia

La anhelada ciudad, en un instante

Circula y crece. Todos á porfía,

Orgullosos dí agüero tan brillante,

Renuevan las gozosas libaciones

Y            con flores de Baco ornan los dones.

 

XXX. [148]

Con el primer albor del nuevo dia

Van, costa y lindes á explorar: los vados

Estos son de Numicio; ésta es la ría

Del Tibre: campos éstos son poblados

Por los fuertes Latinos. Cauto envía

Cerca del Rey augusto cien legados

Enéas, que en sus tercios selecciona;

Y            ya el árbol de Palas les corona.

 

XXXI.

Cargados de presentes, mensajeros

De paz, que da á sus sienes verde gala,

A la vecina capital ligeros Marchan.

Enéas mismo allí seinstala;

Y ya con zanja humilde los linderos
De la futura poblacion señala,

Y cual ciñendo un campamento, ordena
Tender la empalizada, alzar la almena.

 

XXXII.

Ya los nuncios, al fin de su jornada,

Ven las casas y torres presumidas,

Y ascienden á los muros. A la entrada

Y en torno á la ciudad, corre en partidas

Alegre juventud: regir le agrada
Potros y carros con mañosas bridas;

Y con rígidos arcos y ligeras
Flechas, tiros ensayan y carreras.

 

XXXIII. [166]

Tomó uno de á caballo á su cuidado

Trasmitir nuevas tales al oido

Del viejo Rey: acorre; haber llegado

Unos hombres, anuncia, con vestido

Peregrino, de cuerpo agigantado.

Que á su presencia vengan, comedido

Latino manda. «Al punto,» dice, «oirélos;»

Y va el trono á ocupar de sus abuelos.

 

XXXIV.

Fábrica en cien columnas sustentada,

Grande, augusta, soberbia, en una altura

De la ciudad descuella; consagrada

Por religion antigua y selva oscura.

De Pico Laurentino real morada

Fué antaño. Por presagio de ventura

Allí los nuevosreyes recogian

El cetro y fasces que al poder se fian.

 

XXXV.

Templo era y tribunal: en sus altares

Corderos inmolando, los señores

De la corte á gustar sacros manjares

Sentábanse en continuos cenadores.

Cada príncipe vió las tutelares

Imágenes allí de sus mayores

El vestíbulo ornar, nobles y enhiestas,

Obras de antiguo cedro, en órden puestas.

 

XXXVI. [178]

Ítalo allí; y aquel que al italiano

Suelo trajo la vid, el buen Sabino,

A quien, áun hora, figurado anciano,

La corva hoz le asoma, autor del vino;

El gran Saturno y el bifronte Jano

Muestran, callando, su poder divino:

Otros reyes les siguen, con heridas

Marciales, por la patria recibidas.

 

XXXVII.

De antiguos triunfos testimonios mudos,

Hay en los sacros postes mil despojos:

Armaduras suspensas, penachudos

Yelmos, corvas segures ven los ojos:

Ven sin número allí dardos y escudos,

Ven de puertas grandísimos cerrojos;

Cautivos carros, y espolones graves

Quitados por valientes á las naves.

 

XXXVIII.

Pico, de potros domador ufano,

Con trábea corta, allí tambien se muestra;

Báculo quirinal tiene en la mano,

Sentado, y sacra adarga en la siniestra:

Pico, á quien ya, de ardor tocada insano,

Hirió con vara de oro maga diestra,

Circe, amanta cruel; con hierbas malas

Mudóle en ave y le pintó las alas.

 

XXXIX. [192].

En este, pues, de Dioses templo digno,

De sus abuelos en el rico trono,

El Rey audiencia concedió benigno.

Entraron los legados, y él con tono

Manso y afable, de clemencia signo,

«Hablad, Dardanios; vuestro ruego abono,»

Les dice: «ántes que vistos anunciados,

Yo vuestro oriente sé, sé vuestros hados.

                       

XL.

«Mas ¿cuál deliberada causa, ó ciega

Necesidad á nuestra costa impele

Y á puerto ausonio vuestra escuadra apega?
¿Fué que el rumbo perdisteis? ¿Ó, cual suele
Avenir al que en alta mar navega,

Tras rodear tan largo, al leño imbele

Embistió ronca tempestad? Propicio,

Siempre, tendreis en nuestra casa hospicio.

 


 
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