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Universidad de Murcia
Eneida - Libro VI

 

CLXI.

»Ya ven los Caspios reinos su venida,

Por anuncios, con ánimo intranquilo;

Ya la tierra Meótica trepida,

Sus siete brazos estremece el Nilo.

Tigres guiando con pampínea brida

Y de Nisa impeliendo, excelso asilo,

Su carro victorioso, Baco empero

Llegar no pudo á ese último lindero»

 

CLXII. [801]

«No corrió Alcídes mismo espacio tanto,

Aunque prendió con rápida saeta

La cierva piés-de-bronce, y de Erimanto

Impuso paces en la selva inquieta,

Y el lerneo confin cubrió de espanto.

¿Y dudamos vencer adversa meta

Nuestra gloria ensanchando? ¿Harán temores

Que no hollemos la Ausonia triunfadores?

 

CLXIII.

«¿Quién es aquél que coronado asoma

De insigne oliva, y que con propia mano

Ya sobre sí sacras ofrendas toma?

Su barba anuncia y su cabello cano

Al primer rey-legislador de Roma,

Que de su humilde Cúres, aldeano,

Y de su hogar, desnudo, imperio grande

Saldrá á regir cuando el deber lo mande.

 

CLXIV.

«Tulo va en pos, que moverá á pelea,

La paz quebrando, á ejércitos vecinos

Ya al prez no usados que el valor granjea;

Y Anco despues, que áun hoy en sus caminos

El aura popular vano desea.

¿O quieres ver los príncipes Tarquinos,

De Bruto vengador el alma fiera

Y los fasces que al pueblo recupera?

 

CLXV. [819]

«Bruto duras segures el primero

Cobrará, y el honor del consulado;

Y al ver que nuevo plan traman guerrero,

El, de la bella libertad prendado,

Muerte á sus hijos mandará severo.

En él vencieron (¡padre infortunado!),

Cualquier fallo que espere á su memoria,

Amor de patria y ambicion de gloria.

 

CLXVI.

«Brillar Decios y Drusos vé lejanos;

Torcuato, que levanta el hacha impía;

Camilo, que del triunfo, con romanos

Rescatados pendones, se gloría.

Esas dos almas que cual dos hermanos

En sombra armadas ves, rayando el dia

¿Qué guerra no se harán? ¡Cuánto de estragos!

¡Qué grandes huestes y sangrientos lagos!

 

CLXVII.

«De los Alpes el suegro se abalanza;

Convoca sus legiones de Oriente

El enojado yerno á la venganza.

¡Hijos! ¡no hirais el seno á la inocente

Patria! ¡no eterniceis bárbara usanza!

¡Tú, el primero, de Olimpo procedente,

¡Oh sangre mia, de rencores libre,

No ya esa arma cruel tu mano vibre!

 

CLXVIII. [836]

«Aquél, cuando á Corinto á su talante

Haya tratado y al orgullo aquivo,

Al Capitolio correrá triunfante;

Este, el país de Agamemnon nativo

Subyugará, y en Pérses arrogante

Verá á un nieto de Aquíles fugitivo:

Tales desquites á Ilion reserva

Yal profanado templo de Minerva.

 

CLXIX.

»No al gran Caton olvidaré, no á Coso;

Ni ya á los Gracos, ni á los dos Scipiones,

Relámpagos de guerra, pavoroso

Apellido á las líbicas regiones.

Fabricio, en tu pobreza poderoso,

¡Salve! y tú, el oro en rústicos terrones

Esparciendo, oh Serrano! ¡Salve, oh Fabios!

No, aunque cansado, os callarán mis labios.

 

CLXX.

»Máximo, con tardanzas tú prudentes

Salvarás la Nacion. Y esto adivino:

Otros con más primor vultos vivientes

Harán de bronce duro ó mármol fino;

Oradores habrá más elocuentes;

Sabios podrán con más seguro tino

El cielo escudriñar y las estrellas,

Ylos cercos medir y el poder de ellas;

 

CLXXI. [851]

»Tú, Romano, regir debes el mundo;

Esto, y paces dictar, te asigna el hado,

Humillando al soberbio, al iracundo,

Levantando al rendido, al desgraciado.»

Habla Anquises, y atiéndenle en profundo

Silencio. «Ved,» añade, «señalado

Con opimos despojos á Marcelo,

Que alza entre todos vencedor su vuelo.

 

CLXXII.

»En mar revuelta armado caballero

Librará al pueblo de infeliz destino,

Venciendo al Galo, al Peno, y el tercero

Será que ofrenda igual cuelgue á Quirino.»

Viendo Enéas que aquél por compañero

Trae á un jóven de aspecto peregrino

Y brillante armadura, mas la frente

Mustia casi, ojos bajos, faz doliente;

 

CLXXIII.

«¿Y quién es el doncel, ¡oh padre!» exclama,

«Que le sigue en amiga competencia?

¿Hijo suyo será, ó acaso rama

Remota de su ilustre descendencia?

¿Qué són de corte en torno se derrama?

¡Cuán parecido en la marcial presencia!

¡Mas ay! que en torno de su frente vaga

Odiosa noche con su sombra aciaga!»

 

CLXXIV. [867]

Con lágrimas Anquises respondia:

«¿Quieres anticipar de los Romanos

El eterno dolor? Fortuna un dia

Ese jóven mostrando á los humanos  

Tornarále á ocultar en sombra impía.

Tal vez, tal vez, oh Dioses soberanos,

Si este dón inmortal nos franqueara,

El trance vuestra diestra recelara!

 

CLXXV.

«Del Campo Marcio á la romana plaza

¡Cuántos gemidos herirán los cielos!

Ysi ya tu onda su sepulcro abraza,

¿Qué, oh Tibre, no verás de acerbos duelos?

Ningun mancebo de troyana raza

Tanto alzará, como él, de los abuelos

Latinos la esperanza; hijo más bueno

Nunca otro criarás, Roma, á tu seno.

 

CLXXVI.

«¡Oh tipo de fe antigua y piedad rara!

¡Oh, qué brazo invencible en lid guerrera!

Ninguno, si viviese, le retara

Impune, ó ya á pié firme combatiera

Ó caballo brioso espoleara.

Mas ¿qué suerte llorosa no le espera?

¡Ah! lograses trocar males por bienes!

Tú un Marcelo serás, sombra que vienes!

 

CLXXVII. [883]

«Azucenas me dad con mano larga;

Que, á ilustre nieto fáciles honores,

Cortos alivios de esperanza amarga,

Quiero esparcir sobre su frente flores.»

Dice, y la voz en lágrimas se embarga.

Tal los campos hollando encantadores

En que benigna luz mágica oscila,

Míranlo todo el héroe y la Sibila.

 

CLXXVIII.

Y luégo  que hubo el padre al hijo atento

Aventuras y sitios explicado,

Avivando en su pecho el patrio aliento

Y ambicion santa de futuro estado,

Nuevas guerras le anuncia, de Laurento

Pueblos y muros do le cita el hado:

Y maneras le enseña como eluda

Ya caso extraño, ya fatiga ruda.

 

CLXXIX.

Allá en confines de misterio eterno

El Sueño volador tiene dos puertas,

Una de albo marfil, otra de cuerno,

A ensueños varios á la vez abiertas.

Transitan la primera, del Averno

Fábricas de ilusion, sombras inciertas;

Las visiones é imágenes reales

Cruzan de la segunda los umbrales.

 

CLXXX. [897]

Yendo hablando los tres, hé aquí despide

Anquises á los dos por el abierto

Pórtico de marfil. Enéas mide

Arrancando de allí, camino cierto

Hácia amigos y naves, y decios

Ir tierra á tierra de Cayeta al puerto.

Ya, por fin, proa afuera áncoras tiran;

Las popas en la costa alzar se miran.

 

 
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Contenido
Libro VI

   1-200
   201-392
   393-594
   595-797
  798-901