Página principal

 

  Biblioteca Séneca
  Incunables
  Siglo XVI
  Siglo XVII
Investigación
  Tesis
Divulgación
  Mapas
Didáctica
De interés



Búsqueda en InterClassica


Universidad de Murcia
Eneida - Libro III

 

I.

«Despues que el Cielo la inculpada gente

De Príamo y troyana monarquía

Derribo en tierra, y la ciudad potente

En círculos de humo perecia;

Tambien por alta inspiracion presente,

Mas sin saber por dónde el hado guia

O dó hemos de parar, labramos pinos

Que á otras playas nos lleven peregrinos.

 

II.

«Éramos cabe Antandro congregados

Al pié de Ida, y no bien pintó el estío,

Manda mi padre en brazos de los hades

Soltar velas del viento al albedrío.

Con llanto el puerto dejo, y los amado»

Campos do Troya fué; y á la onda fio

Mi pueblo, y prole, y Dioses tutelares,

Y empiézome á engolfar en altos mares.

 

III. [13]

»Cae por allá un país que Marte ampara

Y el austero Licurgo rigió un dia;

Extensas tierras son que el Trace ara,

A quien ley de hospedaje nos unia;

Y viéronse sus Dioses en un ara

Con los Dioses de Troya en compañía

Cuando imperio feliz fuimos: ahora

Allí arribamos con humilde prora.

 

IV.

«Fundé en su corva orilla la primera

Ciudad, y á sus colonos apellido,

En mi memoria, Enéadas; mas era

Infausto el punto. Mal correspondido,

A mi madre la Diosa de Citera,

Y á los electos Númenes convido;

Y en balde un toro albo, como á solo

Rey de los Dioses, al Saturnio inmolo.

 

V.

»Era allí un cerro, y en su cima habia

De puntas erizado un mirto: atento

La ara á vestir de verde lozanía,

Acudo, y ramas arrancar intento.

Miéntras raíces desvolver porfía

Mi mano (¡oh singular, oh atroz portento!)

Brotar contemplo de las ramasrotas

Sangre que el suelo empapa en negras gatas.

 

VI. [29]

»De espanto helado el corazon flaquea;

Mas recobrado tiro de otra rama

Por descubrir lo que el prodigio sea,

Y otra vez sangre el vástago derrama.

Confuso, dando de una en otra idea,

Ya á Marte invoco que á los Getas ama,

Ya á las huéspedas Ninfas de la selva

Porque el signo de horror fausto se vuelva.

 

VII.

»Con esta mira y con esfuerzo nuevo

Tercera rama desraigar decido;

Mas cuando, hincada la rodilla, pruebo

Su rigor á vencer, siento un sonido

(No sé si ose decir, ó callar debo):

Una voz funeral hiere mi oido:

«¡Ay! ¿por qué, Enéas, las entrañas mias

«Rompes? ¡No manches más tus manos pias!

 

VIII.

«Hijo yo fuí de la nacion troyana,

»¿Y al que ya conociste ofendes muerto?

»¡Esa sangre no es de árboles do mana!

»¡Ah! ¡que de esta region huyas te advierto,

»Aurívora region, playa inhumana!

«Yo Polidoro soy: yace cubierto

»Mi cuerpo aquí de flechas homicidas,

»Ahora en ásperas ramas convertidas.»

 

IX. [48]

«Adolorido, absorto me suspendo,

Sin voz, yerto el cabello. ¡Polidoro!.

El mismo ¡ay! á quien Príamo, sintiendo

Vacilar en su mano el cetro de oro

Al amago de ejército tremendo,

Fió en secreto espléndido tesoro,

Y á que ajeno creciese á la desgracia,

A cargo le envió del Rey de Tracia.

 

X.

«Mas el perverso príncipe, copiando

En su porte mudanzas de la suerte,

Triunfante al ver de Agamemnon el bando

En contra del caido se convierte;

Y todo fuero con furor nefando

Atropella, y al mísero da muerte,

Y le asalta el caudal. ¿Qué de maldades,

Sacrilega sed de oro, no persuades?

 

XI.

«Vuelto en mí del espanto que me hiela

Hablo á mi padre, y á los jefes junto,

Lo que voz misteriosa me revela

Narro, y el parecer comun pregunto.

Todos proponen darnos á la vela

Y aquel sitio de horror dejar al punto;

No sin que al desdichado compatricio

Pagado hayamos el postrer oficio.

 

XII. [62]

«Túmulo, pues, alzárnosle de arena,

Y á los manes dos aras que guarnecen

Cipres y tristes fajas; la melena

Sueltan matronas que en redor parecen;

Altos vasos que ó leche tibia llena,

Ó sangre consagrada, allí se ofrecen:

La tumba al alma errante da acogida,

Y clamamos la eterna despedida.

 

XIII.

«Así las sacras ceremonias, graves

Cumplido habiendo, á la señal primera

Que el Austro da con hálitos suaves

De que onda masa nuestra flota espera,

Corremos á la mar: sacan las naves

Mis compañeros, cubren la ribera;

Cruzamos ya los líquidos desiertos,

Y atras irse miramos playas, puertos.

 

XIV.

«Allá en mitad de los Egeos mares

Hay una isla entre todas la mis grata,

Que, Númenes por siempre tutelares,

A Dóris bella y á Neptuno acata:

Ella un tiempo rondaba los lugares

Convecinos; ya errante el mar no trata:

Apolo entre las Cíclades fijóla,

Y allí inmóvil contrasta viento y ola.

 

XV. [78]

«Allí abordamos, y el dichoso abrigo

Gozamos con que el puerto nos convida;

Miéntras de Apolo la ciudad bendigo,

A darnos sale el Rey franca acogida.

Anio en mi padre abraza á un viejo amigo;

Anio, á quien, porque al par que le apellida

Ministro un Dios, un pueblo Rey le nombra,

Con la ínfula el laurel la sien le asombra.

 

XVI.

»Yo al templo secular devoto llego:

«¡Buen Dios!» exclamó, «¡término seguro

«Dá á nuestro error, á nuestro afan sosiego,

»Dá fundar feliz prole y propio muro!

«Nueva Troya lo llames, ó del fuego

«Hurtados restos y de Aquíles duro,

«Salva el tesoro, tú, que va conmigo;

«Dí, ¿cuál norte, cuál voz, cuál rumbo sigo?

 

XVII.

«Señal dá, en fin, y á nuestra mente envia

«Tu inspiracion.» Callé, y en tal momento

Ya el pórtico, ya el lauro se movia,

Y el monte en torno retembló en su asiento.

El velo que la trípode cubria

Gimió, abrióse el sagrario: al pavimento

Inclinamos las frentes confundidos,

Y sacra voz hirió nuestros oidos:

 

XVIII. [94]

«¡Fuertes Troyanos! ved que la fortuna

«Hinchado el seno de la patria os muestra

«Que á vuestra raza fomentó en la cuna;

«¡Buscad, buscad la antigua madre vuestra!

«Id; allí Enéas, sin mudanza alguna,

«Cimentará su casa, y de su diestra

«El cetro heredarán sobre las gentes

»Hijos, nietos, lejanos descendientes.»

 

XIX.

«Habló Apolo; y llenó los corazones,

Amargada por dudas, la alegría, Pues

«¿Dó aquellas están patrias regiones?

»Preguntábamos todos á porfía.

Mi padre ya de viejas tradiciones

Recuerdos en su mente revolvia:

«¡Oid, nobles!» prorumpe; «yo el secreto,

«A vuestras esperanzas interpreto.

 

XX.

«Hay una isla en el mar, Creta nombrada,

»Cuna ya nuestra, con su monte Ida,

«Cuna tambien de Júpiter sagrada,

«De cien ricas ciudades guarnecida.

«Trocó el gran Teucro esa feliz morada

«Con la retea costa: á su venida

«Ni allí á Pérgamo halló, ni halló poblados,

»Sino hombres por los valles derramados.

 

XXI. [111]

«El, sí éstas que aprendí no son infieles

«Memorias, los cimientos sociales

»De Troya echó, y el culto de Cibeles

«Trajo, con sus misterios y atabales,

«Los carros con leones por corceles,

»Los bosques sacros, y áun en nombre iguales.

»Partamos! el oráculo dichoso

»Allá nos llama, á la region de Gnoso.

 

XXII.

«Ni estamos léjos de su orilla grata;

«Tres luces gastaremos. Falta sólo

«Que aplaquen dones al que el mar maltrata,

«Que amparo preste el que serena el polo.

»Dice, y en la ara sendos toros mata

A Neptuno y á tí, divino Apolo;

Sendas ovejas al Invierno negra,

Blanca á Favonio que la mar alegra.

 

XXIII.

»La voz se esparce que del patrio suelo

Proscrito Idomeneo huido habia,

Que á huéspedes librando de receló,

Creta sus puertas solitaria abría.

Y así á Ortigia dejando, hendiendo á vuelo

El mar, á Náxos báquica y sombría

Costeando vencemos, á Oleáros,

Verde Donisa y albicante Páros.

 

XXIV. [126]

«Entrambos por las Cíclades ligeros

Y el mar corremos de islas esparcido,

Y emúlanse, al pasar, mis compañeros

Con clamores y náutico ruido;

«¡A Creta! ¡á Creta!» gritan vocingleros;

«¡A nuestra patria, á nuestro antiguo nido

E hiriéndonos en popa aura serena,

Al fin tocamos la anhelada arena.

 

XXV.

«Fundé una villa, mi dorado sueño,

Que Pérgamo llamé: del nombre ufanos

A los colonos miro, y los empeño

A alzar el muro y á arraigarse hermanos.

Yace en la enjuta orilla el hueco leño:

Yo dicto comun ley, reparto llanos;

Y á cultivar se entregan los mancebos

Nuevos lazos de amor y campos nuevos.

 

XXVI.

»Hé aquí, el aire infestando de repente,

El contagio cruel sacude el ala;

Infausto nuncio de estacion doliente,

Los arboredos y sembrados tala:

La vida va arrastrando falleciente

Quien ya el aliento último no exhala:

El Can ardiente estrago sordo hace;

Marchito el lustre de los campos yace.

 

XXVII. [142]

»Y, sustento negando yermo el suelo.

Mi padre del oráculo divino

Manda que vamos á implorar consuelo

Tornando á abrirnos por el mar camino:

Que cuál término, diga, al mustio duelo

De este pueblo reserva peregrino;

A quién habernos de acudir; á dónde

Enderezar el rumbo corresponde.

 

XXVIII.

»Era alta noche y muda: en mi retiro

Yacia yo, la mente aletargada,

Cuando delante á los Penates miro

Que hurté al incendio en la fatal jornada.

Por mis ventanas, en su errante giro

Lograba á la sazon la luna entrada,

Y del brillo bañados macilento

Ellos me hablaban con benigno acento:

 

XXIX.

«No temas,» me decian; «pues de parta

»De Apolo, que oficioso nos envía,

«Los destinos venimos á anunciarte

«Que él, volviendo tú allá, te anunciaria.

»Tu brazo nos salvó de adverso Marte,

»Librónos tu piedad de llama impía;

»Hemos seguido tu fortuna, y fieles

«Navegamos contigo en tus bajeles.

 

XXX. [158]

«En grato premio á tu favor, mañana

»Al cielo hemos de alzar tus descendientes;

«Mas hoy, á esa ciudad que soberana

«Herencia haremos de invencibles gentes

«(Que esto es tuyo, no nuestro), el paso allana:

«Lo harás, si en largo viaje no consientes

«Reposo: asiento muda: el Dios profeta

 »No te brindó con descansar en Creta.

 

XXXI.

«Hay de antiguo un país, con apellido

»De Hesperia por los Griegos señalado,

«Pueblo en trances de guerra asaz temido,

«Tierra asaz grata á la labor de arado.

«Fué primero de Enotrios poseido,

»Y hoy Italia se nombra, por dictado

»De famoso caudillo procedente,

»Si ya constante tradicion no miente.

 

XXXII.

»¡Esta, ésta es nuestra patria verdadera!

«Que allí Dárdano y Yasio nacimiento

«Tuvieron; aquel Dárdano, primera

«Cepa de nuestra raza. Tú contento

«Vé, y de ello al viejo genitor entera

«Por cierto. Y de Corito en seguimiento

«A los ausonios términos navega.

«Mansion en Dicte Júpiter te niega.»

 

XXXIII. [172]

«Como esto ví y oí (no en sueños vanos

Eran; que bien las sienes discernía

Veladas, y los rostros soberanos,

Y áun bañaba en sudor mi frente fria),

Salto del lecho atónito: las manos

Extiendo suplicante; ofrezco pia

Libacion en mi hogar: de ahí contento

Corro á mi padre, y la vision le cuento.

 

XXXIV.

»Del doble origen la falacia siente

Él, y confiesa que sufrido habia

Con la antigua señal error reciente:

«¡Hijo,» así hablaba, «á quien la suerte impía

«Burla cruel! Casandra solamente

«Hizo de estos sucesos profecía;

»Y á menudo se oyó, recuerdo ahora,

»¡Hesperia! ¡Italia! de su voz sonora.

 

XXXV.

«¿Mas quién iba á pensar que á Hesperia iria

«Nuestra gente jamás? ¿Ni quién pudiera

»A Casandra creer? ¡Hoy, hoy nos guia

«Voz infalible que partir impera!»

Tal dijo, y aplaudimos á porfía.

Quedan algunos en la infiel ribera;

Y el áncora levando y la esperanza

El hueco leño al piélago se lanza.

 

XXXVI. [192]

«Cuando ya nos hubimos engolfado,

Yentre agua y cielo, al fin, no vemos cosa

Sino el cielo y el agua, azul nublado

Sobre mi nave sólido se posa

De lobreguez y tempestad cargado.

Con tristes amenazas espantosa

La ecuórea inmensidad se entenebrece,

Esfuérzanse huracanes, la onda crece.

 

XXXVII.

»¡Tristes! que arrebatándonos el viento

En la vasta extension, á golpe duro,

Relámpagos cruzando el firmamento,

Ciegos erramos sobre el ponto oscuro.

Todo es horror el húmedo elemento:

¿Es dia? ¿es noche? el mismo Palinuro

Nada distingue; en negro torbellino

Sacudido del rumbo, perdió el tino.

 

XXXVIII.

»Ya tres dias llevábamos enteros

Y tres noches á oscuras, desmandados,

Cuando léjos notamos placenteros

Visos de tierra, y asomar collados,

Y humo al cielo subir. Los marineros

Las antenas calando arrebatados,

Asen del remo, y al batir contino

Cubren de espuma el líquido camino.

 

XXXIX. [209]

«Al suyo las Estrófades, del seno

Librados de las ondas, nos invitan:

Ínsulas son que con renombre heleno

En el vasto marJonio se acreditan.

Allí, allí la terrífica Celeno

Y las arpías de su casta habitan,

Del tiempo en que de Fíneo y sus moradas

Las alejó el temor, nunca saciadas.

 

XL.

«¡Arpías, horda atroz, monstruos furiales!

Generacion igual jamás vió el mundo,

Ni peste más cruel á los mortales

Envió el cielo ni abortó el profundo:

Alado el cuerpo, rostros virginales;

Arroja el seno vil vestigio inmundo;

Corvas manos y piés, garfiosrapantes;

Pálidos siempre de hambre los semblantes.


 
Volver
Inicios | Agradecimientos | Sobre InterClassica | Servicio de notificaciones | Contacto | RSS RSS | Twitter Twitter

Fundación Séneca Universidad de Murcia Campus Mare Nostrum

Copyright © 2006 - 2018 InterClassica - Universidad de Murcia
InterClassica utiliza eZ publish™ como gestor de contenidos.
 
 
Contenido
Libro III

  1-218
   219-432
   433-644
   645-718