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Emblemata
Autor
Andrea Alciato
Impresor
?
Biblioteca de procedencia
Universidad de Murcia
Lugar y año de edición
?, 1621 (?)
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Datos complementarios

Andrea Alciato, nació en Alzano, cerca de Milán, en el año 1492, en una familia bastante acomodada. Como era habitual entre las familias de cierta raigambre, también la de Alciato tenía en su escudo una figura simbólica, concretamente un alce, lo cual no deja de ser una especie de premonición de lo que sería la referencia principal en la obra que este autor nos legó.

Parece ser que Alciato ya sobresalía como estudiante y que tuvo profesores de cierto renombre, habiendo estudiado en las universidades de Milán, Pavía y Bolonia. Su doctorado lo obtuvo en Ferrara, en la especialidad de Derecho, a la edad de 24 años. A los 26 años (1518) se asentó en Avignón, como profesor de Derecho, pero volvió pronto a Milán, cuatro años más tarde. A partir de 1534 enseñó en las universidades de Pavía, Bolonia y Ferrara. Murió a los 58 años, en 1550.

Alciato era un buen conocedor de las lenguas clásicas, latín y griego, así como versado en historia, añadiendo ese haber científico a su especialidad en leyes, que fue el objeto real de su profesión docente. Fue muy conocido en su tiempo por sus trabajos sobre las leyes romanas. Destacó especialmente su De verborum significatione, un tratado en el que combinaba el conocimiento de las leyes antiguas con la erudición filológica. El mismo Erasmo de Rotterdam le tenía en gran estima, y de su valía da fe la publicación de sus obras completas en Basel, 1549.

Pero Alciato no ha pasado a la posteridad por los escritos derivados de su especialidad en leyes, sino por un libro de naturaleza totalmente diferente: los emblemas. En 1531 apareció su Emblematum Liber, que fue objeto de numerosas ediciones a lo largo de los siglos siguientes. En 1621 ya se habían publicado 152 ediciones. En total se contabilizan 171 ediciones desde 1531 hasta finales del siglo XVII. El declive del género se hace patente en el siglo XVIII, con solo cinco ediciones identificadas. Hubo también adaptaciones y traducciones a varios idiomas. Entre ellas figura la traducción española, llevada a cabo por Bernardino Daza Pinciano en 1549: Los emblemas de Alciato. Traducidos en rhimas españolas. Añadidos de figuras y de nuevos emblemas.

La obra de Alciato ya se venía fraguando en la mente del autor algunos años antes de aparecer como libro impreso. En una carta al librero F. Giulio Calvi, Alciato menciona que había compuesto un libro de epigramas que denominaba emblemas, con temas que describía y había extraído de la historia o de la realidad, y que eran susceptibles de significar ‘aliquid elegans’ (libellum composui epigrammaton, cui tituli feci Emblemata: singulis enim epigrammatibus aliquid describo, quod ex historia, vel ex rebus naturalibus aliquid elegans significet). Las fuentes de Alciato residen tanto en las fábulas de su época como en los escritos de la antigüedad, principalmente en la Antología Griega (serie de poemas líricos y epigramáticos griegos compuestos por diferentes autores de la antigüedad o por autores cristianos del medioevo, uno de cuyos ejemplares había sido descubierto a finales del siglo XV). En realidad, Alciato se limitó a copiar o adaptar bastantes de los poemas de fuentes helenísticas. Unos 40 emblemas del total de 104 que aparecen en la edición de 1531 derivan o son traducción de las citadas fuentes.

Al parecer, Alciato escribió los emblemas en sus ratos de ocio y como ‘un juego intelectual’ o ‘divertimento’. Pero los ingredientes que constituyen sus emblemas, así como su carácter moralizador y su enraizamiento en tradiciones veneradas y crípticas, sintetizaron de alguna manera algunos de los valores más apreciados en la época. De ahí su éxito y expansión. Como afirma Sánchez (Sánchez 1977: 15), "La razón principal del éxito de Alciato no ha de buscarse en la originalidad o en la calidad de sus versos, aunque sepamos que también en los epigramas pretendía mostrarse como poeta, sino en el hecho de que Alciato dio forma a algo que estaba en el ambiente: la creación de un lenguaje ideográfico, a base de imágenes, a imitación de los jeroglíficos egipcios, tan admirados en aquellos años."

El emblema ya existía en cada una de sus partes desde hacía algunos años. Pero el formato definitivo se lo da Alciato. Un emblema consta de tres elementos:

  • Un cuadro o grabado.
  • Un lema o 'motto' colocado sobre el dibujo o formando cuerpo con él.
  • Un epigrama (frecuentemente en latín, al menos en los primeros años del género) debajo del dibujo. El epigrama suele estar escrito en verso. Pero al extenderse los libros de emblemas, el texto epigramático también se empezó a escribir en prosa y en lenguas vulgares.

Cada una de esas partes tiene una función propia. El lema resume en una frase breve y concisa el contenido general que va a seguir o a explicitarse tanto en el dibujo como en el epigrama. Es, pues, una especie de título, muy similar a los ‘motos’ que adornaban los escudos de armas de los caballeros. El epigrama es una explicación del dibujo. Su gracia reside en que no da solamente una descripción literal de este, sino que añade una transposición paralela de la realidad representada a la vida y conducta del hombre. De esta manera, Alciato añade una lección didáctico-moral que se basa en la globalidad del conjunto. Este conjunto de tres elementos relacionados entre sí e interdependientes, portadores de una lección moral útil para el lector, y mediatizada mediante la conjunción de texto y dibujo, es lo que da novedad al emblema.

El acierto de Alciato está, pues, en haber sintetizado en un género nuevo elementos diversos preexistentes, hermanando los versos de carácter enigmático con los de carácter moralizante y relacionando el conjunto con el potencial descriptivo y evocador del dibujo. El enunciado del conjunto se resume en el lema o moto inicial, a manera de introducción o presentación. La relación entre texto y dibujo es, sin lugar a dudas, la clave del emblema. Lo más probable es que Alciato comenzara seleccionando primero el texto, añadiendo más tarde los dibujos, quizás a instancias del impresor. En cualquier caso, la relación entre texto y dibujo no es siempre fija e inamovible o en una sola dirección. A lo largo de sus emblemas, a veces cobra protagonismo el texto, mientras en otras ocasiones es el dibujo el que prevalece. Esta ‘tensión’ variable entre ambos elementos contribuye a introducir variedad, interés e incluso ‘emoción’ y ‘expectación’ en el lector. Esta característica de Alciato la pierden muchos de sus imitadores posteriores, probablemente porque la formalización de la relación entre dibujo y texto se acabó centrando en exceso en los objetivos moralizantes que impregnaban el género.

Para los lectores del siglo XXI no es fácil captar lo esencial de los emblemas: en nuestra cultura ya no prevalece el afán moralizante de las publicaciones, ni el lector está habituado a contemplar la realidad como si fuera la concreción de algo más trascendente o figurado, ni está preparado para afrontar la lectura de un epigrama como si se enfrentase a la solución de un dilema léxico o moral. Además, tampoco está vigente en nuestra sociedad el código que induce a interpretar la realidad en términos de algo que encierra misterio o que es por naturaleza enigmático o referencial. Precisamente ese carácter ‘referencial’ del emblema es lo que hace necesaria la combinación de texto y dibujo, contribuyendo cada elemento a la explicitación del otro y siendo capaces ambos de suscitar un resultado que satisfaga tanto la lección moralizante como el orgullo de haber solucionado un problema de ingenio e intelecto.
Solo bajo esa perspectiva podrá el lector moderno enjuiciar, valorar e incluso disfrutar de este librito de emblemas.

El incipit del ejemplar que puede consultarse está mutilado en gran parte, de modo que no es posible hallar datos acerca del lugar de su publicación, de su impresor y de su fecha; no obstante, en la epístola dedicatoria y en nihil obstat aparecen dos referencias cronológicas: 1583 y 1621, respectivamente, por lo que a falta de otros datos más concluyentes adjudicamos el último año citado como fecha de publicación. Tras la epístola de seis páginas, Alciato dedica otras cuatro a la acotación del ‘género’ emblema; le sigue un prefacio compuesto por cinco epigramas, obra de Conrado Peutinger con comentarios aclaratorios sobre el mismo y, al final de estas páginas introductorias, el nihil obstat, otorgado en Antuerpe (hoy Amberes), como se ha indicado, el 9 de noviembre de 1621. Tras estas páginas introductorias, comienza la relación de emblemas que Alciato va a ir comentando uno a uno hasta completar un total de 211. En la última parte, encontramos nueve páginas con datos biográficos sobre el autor y, al final, un índice con la relación de los lugares comunes más importantes.

Referencias:
Sánchez, A. (1977). La literatura emblemática española en los siglos XVI y XVII. Madrid: SGEL.

 
  Aquilino Sánchez
Universidad de Murcia
 
 


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