Biblioteca Digital Séneca

P. Virgilio Marón.- Bucolica et Georgica
Comentario de
Juan Luis de la Cerda
Impresor
Ioannis Kinchius
Biblioteca de procedencia
Universidad de Murcia
Lugar y año de edición
Colonia, 1647
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Datos complementarios

Hijo de don Francisco de la Cerda y de doña Jerónima de Zárate, Juan Luis de la Cerda nació en Toledo en 1558. Con apenas dieciséis años ingresó en la Compañía de Jesús, donde completó sus estudios en Artes y Teología. Comienza pronto su labor docente, pasando sucesivamente por los colegios de Murcia y Oropesa como profesor de gramática. En 1597 se encuentra en Madrid, donde ejerce como profesor de poesía, retórica y griego. Un año más tarde realiza una adaptación de lasIntroducciones Grammaticales de Antonio de Nebrija, que, gracias a su influencia en la corte, pasarán a ser texto único para la enseñanza del latín en España. En vida alcanzó fama y notoriedad. Se dice que el papa Urbano VIII tenía en su cámara un busto del toledano; e incluso pidió al cardenal Barberini, con motivo de una visita de éste a la corte de Felipe II, que hiciera llegar sus saludos al afamado religioso. Tras largos años de infatigable labor docente, falleció en Madrid en 1643, a los ochenta y cinco años de edad.

De la Cerda publicó unos comentarios, en dos volúmenes, a la obra de Tertuliano (París 1624 y 1630). Entre sus trabajos también se citan unos Adversaria Sacra (Lyon, 1626) y un De excellentia sacrorum spiritum (París, 1631). Pero, sin lugar a dudas, la obra más importante y que mayor reconocimiento le deparó fue la edición y comentario de los poemas de Virgilio, el gran poeta latino. En 1608 se publica en Madrid el primer tomo de esta obra, centrado en lasBucólicas y las Geórgicas. En 1612 saldrá un nuevo volumen, dedicado a los seis primeros libros de la Eneida; y en 1617, el tercero de ellos, en el que se ocupa de los seis últimos libros de la epopeya virgiliana. La obra tuvo tal éxito que conoció sucesivas reimpresiones hasta 1647.

Seguramente es criticable la actitud que los jesuitas adoptaron frente a los textos clásicos, que no dudaron en expurgar para eliminar todo aquello que atentara contra el buen gusto. Pero, en cierto modo, los hermanos de la orden fundada por Ignacio de Loyola se convirtieron en los más celosos herederos del ideal humanista. Utilizaron la educación como arma y con un doble objetivo: buscar la perfección humana a la vez que la cristiana.

A pesar del fuerte e inexorable avance de las lenguas vernáculas, los jesuitas se preocuparon por mantener viva la lengua del Lacio, que solían utilizar incluso en sus relaciones privadas. El cultivo de la prosa y la poesía latina se mantiene en parte gracias a su esfuerzo, hasta el punto de que la composición en verso figura como asignatura en los programas de exámenes. La principal herramienta es la imitatio; los grandes autores latinos, el punto de referencia: Cicerón para la prosa, Virgilio para la poesía.

En las clases dedicadas a la lectura de textos clásicos, los jesuitas se ciñen a un plan perfectamente estructurado. La principal preocupación del profesor es que el alumno asimile el texto, que ha de ser convenientemente preparado antes de su presentación. Una vez leído en voz alta el fragmento seleccionado, se expone el argumento del mismo. Tras una nueva lectura, se hacen las observaciones oportunas sobre cuestiones de lengua, estilo, esclarecimiento de metáforas, alusiones, fábulas, historia, instituciones, etc.

Un proceso similar es el que sigue el padre de la Cerda en su acercamiento a las obras de Virgilio. Atendiendo al contenido, divide el texto original en fragmentos. Sigue a cada uno de ellos el argumentum, primera reflexión tras la lectura, donde se expresa la idea principal. A continuación, la explicatio, una paráfrasis donde se aprovecha para explicar el significado de ciertos términos. Y, finalmente, las notae. Convertidas con frecuencia en pequeños ensayos, de la Cerda vuelca en ellas toda su erudición. Su principal objetivo es illustrare Poetam. Las citas de lugares paralelos, de las fuentes de inspiración de Virgilio así como de sus imitadores, se acumulan. Transitan por ellas infinidad de autores griegos y latinos, y también contemporáneos del jesuita. Brindan, en definitiva, un testimonio fidedigno de la ardua tarea llevada a cabo por nuestro humanista, que se tradujo en respeto y admiración dentro y fuera de nuestras fronteras.

Tras el ‘incipit’, en el que, junto a los datos de la obra, aparece la marca del impresor, un unicornio apoyado en sus patas traseras sosteniendo un escudo con las delanteras, la parte inicial del ejemplar está constituida por los siguientes apartados: el ‘imprimatur’ firmado por Ferdinandus Lucero en 1607; una epístola dedicatoria al entonces Conde de Salinas, Diego de Silva y Mendoza, dieciocho dísticos elegíacos, distribuidos en dos columnas, que para de la Cerda compuso Gaspar Sanctius; cuarenta y cinco hexámetros de Andreas Escoto de Amberes, también en dos columnas; una relación de aproximadamente trescientos autores antiguos citados a lo largo del comentario, a la que le sigue otra con unos ciento cincuenta autores recientes; un proemio en el que trata de la figura de Virgilio, estructurado en siete capítulos que ocupan dieciséis páginas; y una epístola al lector de dos páginas. A continuación, comienza el desarrollo de las obras virgilianas que se propone comentar; arranca con lasEglogas, que se prolongan desde la página 1 hasta la 207, y le siguen las Geórgicas, desde la página 208 hasta la 535. Finaliza el libro con otro índice, de catorce páginas, con referencia a los autores y los temas más destacados comentados a lo largo de toda la obra.

 
  José Francisco Ortega Castejón
Universidad de Murcia
 
 


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